Según nos explica Alejandro Olalla, trabajador social comunitario, integrador social y asesor técnico de CAARFE, las adicciones en mujeres se expresan de una manera diferente a como lo hacen en los hombres, algo que ha percibido hace unos 20 años, cuando se han empezado a obtener los datos de forma desagregada.

Estas diferencias se expresan de varias formas, como puedan ser en los consumos en cuanto a las edades de inicio, tipo de sustancia, o el ámbito de consumo; en cuanto a las prevalencias de esos consumos; los motivos que llevan a los mismos, y que pueden depender también de la edad o de las relaciones sentimentales que se establecen; y hasta las consecuencias, que van desde las físicas y personales, a las familiares y sociales.

Según nos explica Álex, una forma de poder abordar y entender estas diferencias, es aplicando la perspectiva de género. Una perspectiva que, como nos advierte, no pretende ser exclusiva, sino sumarse a otras ya existentes para ofrecer una visión más ajustada y acertada en el tratamiento de las adicciones con mujeres, y poder abordar así una problemática ha pasado desapercibida hasta los últimos años.

Antes de aplicar esta perspectiva, nos explica que el género no es el sexo biológico, sino unos preceptos asignados a las personas en función del mismo. Esto implica una serie de conductas, pensamientos y emociones que asumimos y damos por naturales. De estos preceptos se derivan los roles de género, que nos hacen ver a las mujeres asociadas a la figura de la maternidad, de manera más sumisa en las relaciones socio-afectivas, como más emocionales y por lo tanto más débiles (puesto que relacionamos directamente la debilidad con la expresión emocional). Mientras que a los hombres los muestra como más valientes y atrevidos, poseedores del control en las relaciones, y menos expresivos emocionalmente.

A su vez, de estos roles se derivan también una serie de mandatos de género. Algunos de ellos son que las mujeres han de encargarse de los cuidados en el seno de la familia, que han de agradar físicamente, que necesitan estar en una relación (por ser el sexo débil, y la necesidad de protección) o que han de comportarse como personas más emocionales. Mientras que los hombres ejercen mayores roles de control, resuelven los conflictos de manera más agresiva, asumen mayores riesgos o que son más racionales.

Como comenta Álex, estos roles y mandatos de género influyen en distintos aspectos en cuanto a las consecuencias psico-sociales de las adicciones en las mujeres, como pasa en el aspecto motivacional al iniciar el consumo. Es cierto que en los últimos tiempos los cambios a nivel social hacen que las edades de inicio en alcohol, tabaco y cannabis se están equiparando al estar más presente la mujer en los espacios de ocio, y puede también que debido a la intención de agrado o demostración ante sus iguales. Aun así, tradicionalmente este consumo se ha debido al hecho de no lograr esos objetivos generados socialmente (la maternidad, por ejemplo), o la búsqueda de mostrarse más complacientes dentro de las relaciones sentimentales e incluso de dependencia, o como forma de evasión a la doble jornada (la laboral y la responsabilidad o carga familiar) tras la mayor incorporación de la mujer al mercado de trabajo.

Otras diferencias que podemos encontrar son en cuanto al consumo de sustancias. Aunque en el alcohol, tabaco, cannabis o los opiáceos y estimulantes, los datos nos muestran que las mujeres están algo por debajo en cuanto a consumo y prevalencia del mismo, en lo que se refiere a los hipnóticos y los tranquilizantes las mujeres están bastante por encima respecto a los hombres. En lo que al ambiente de consumo se refiere, hasta los 34 años se hace más en un ambiente público, sin embargo, a partir de esa edad entre las mujeres el consumo tiende a hacerse en ámbitos más privados, seguramente debido a la peor imagen asociada a la mujer consumidora (mala madres, promiscuidad, etc.). En lo que a la afección física se refiere, los efectos de una misma cantidad afectarán más a una mujer que a un hombre por norma general debido a las diferencias biológicas (altura, peso, etc.).

Por otro lado, en las cuestiones personales y sociales, estos roles influyen en que esa peor imagen de la mujer adicta pueda ocultar más su consumo, retrasando su petición de ayuda, como ya sucede. Este mayor estigma hacia la mujer consumidora, también provoca mayores riesgos, ya que hace que se exponga más a las violencias machistas en ambientes de consumo o entablar relaciones sentimentales más tóxicas dada la necesidad de agrado y aceptación. También, a nivel personal, la idea del aumento de peso asociada a los tratamientos de desintoxicación y rehabilitación, sumada al mandato del agrado físico, junto con un mayor sentimiento de culpa y una menor autoestima, dilatan los tiempos de petición de ayuda.

Finalmente podemos encontrar diferencias en lo que a los tratamientos se refiere. Aparte del acceso más tardío a los mismos por ese sentimiento de vergüenza y culpa en las mujeres, encontramos también un mayor índice de abandono que puede deberse al reclamo familiar para ocuparse de las tareas familiares y del hogar, o a la preocupación que añadida por no estar cumpliendo con esos mandatos. La falta de espacios específicos para mujeres, aparte de los mixtos, en los que poder expresarse con mayor libertad y que favorezcan la sororidad, es otro factor clave en el mayor fracaso de estos tratamientos entre las mujeres. Por último, la falta de esta perspectiva entre profesionales puede generar un discurso culpabilizador sobre la mujer si no se eluden estas ideas derivadas de los roles y mandatos de género que fácilmente se pueden filtrar en él.

Así pues, podemos concluir que si queremos que el abordaje y los tratamientos de las adicciones entre las mujeres sean más efectivos, sería conveniente trabajar y sumar esta perspectiva de género. De esta manera se podrá llegar más mujeres, y de mejor manera.